El ojo maquínico

Del mismo modo que habla el auténtico pintor de la necesidad de fundar toda su pintura en las miradas que pone él y que le ofrece la realidad, las cuales, siendo a priori subjetivas, él trata lo más rigurosamente posible de objetivar, hoy contamos con medios más que apropiados para poder abordar temas pictóricos desde la más rigurosa de las objetividades a través de la mirada extrasensorial que nos ofrecen otro tipo de ojos. Hoy, una máquina como cualquier dispositivo digital es capaz de tratar imágenes automáticamente, con la sola orden del dedo humano. Esto puede ser quizá, lo más característico de nuestra época actual en cuanto a la creación de imágenes, ya casi por generación espontánea, pero queda lejos, a mi modo de ver, de lo que pueden considerarse imágenes pictóricas, las imágenes que me interesan más y a las que me referiré en adelante.

La máquina sí que interpreta, la pintura no

Si bien la pintura ha acompañado al hombre desde sus primeros tiempos como tal, es cierto también que ésta debe, en todo caso, estar dotada de cierto carácter intuitivo. Necesita el toque humano. Así se puede decir de las imágenes de hoy, las de la máquina, que están dotadas de cuerpo, y puede ser éste de lo más perfecto –aunque todavía estamos lejos de concebir la perfección, muy lejos–, pero carecen por completo de alma, que es eso que aporta la mano del hombre. Esta alma puede ser simplemente un cúmulo de errores, o lo que se nos quiere dar a entender por “interpretaciones”. Para entendernos: la máquina sí que interpreta, la pintura no. La pintura imita, y esta debe ser hecha por la mano del hombre. Ahora bien, estamos hablando de imitaciones e interpretaciones pero, ¿de qué? ¿Qué se imita? ¿Qué se interpreta?. Bien, aquí deberíamos fijarnos en algo que parece que por todos los medios se ha tratado de socavar e invalidar. Algo que en la actualidad parece que se ha perdido para siempre, que ya es irrecuperable. No es otra cosa, amigo lector, que la tradición.

Es con la llegada de la máquina cuando comienza la bifurcación y el despegue de la tradición hacia esa otra parte que es donde hoy hemos llegado: la completa especialización y el maquinismo. No quiero que se entienda mal la postura que vengo a exponer aquí. No estoy contra la segunda opción, el maquinismo, sino más al contrario creo que es muy útil atender a sus posibilidades para denotar y hacer palpable la importancia de la primera, la tradición. Es esta segunda opción con su tremenda fragmentación, sus continuadas revoluciones, su exagerado análisis, la que se ha ido alejando de aquélla primera, y la que nos ha ido creando una conciencia distorsionada de la misma. Se ha huido de la síntesis, de la complejidad, del mismo hombre, del conocimiento ancestral, de la magia, hacia lo opuesto con plena y decidida rapidez. Ojo en este punto: la tradición no quiere decir el endémico y acusado historicismo del que hoy hacemos gala como si fuera el mayor acto de erudición. No, no y mil veces no! La Historia del Arte debe de tratar la tradición. El historicismo es su cáncer. Desde aquel mismo momento del pasado en que tomamos conciencia histórica hemos ido echando tierra en la tradición hasta casi enterrarla del todo. La Historia del Arte debe de permanecer agazapada detrás del presente, justo ahí, y si fuese necesario un poco alejada de él, a una distancia prudencial, y darle la espalda por completo. ¿Por qué no nos aprovechamos de la máquina con su insaciable exactitud e incansable trabajo para ir sacando montones de negra tierra y desenterrar así la tradición para que, por alguna ley de compensación cuántica, que vaya corrigiendo las deficiencias adquiridas, podamos aprender de las dispersiones que acompañaron el maquinismo (e infinidad de términos con el sufijo -ismo), y sigamos así el camino hacia la perfección, la fe, lo intemporal, del modo más natural y con la mayor serenidad posible, sin la prisa moderna?

Volviendo al inicio de este texto, hoy se hace necesario valernos de la máquina para mirar con la más fresca limpidez, para seguir produciendo imágenes pictóricas. De eso no hay ninguna duda. Dejemos que ella con su rigurosa objetividad e inocencia sustituya nuestro ojo para mirar hacia el exterior. Los verdaderos ojos, los más dignos de ver erróneamente, los nuestros, debemos utilizarnos apuntando hacia nuestro interior. Debemos incluso dejárnoslos literalmente, aniquilándolos para mirar hacia nuestro interior pero, sobre todo, para mirar imágenes pictóricas. Se hace bajo todo punto de vista, necesario.

Para entendernos: la máquina sí que interpreta, la pintura no

El pintor es el que primero sacrifica sus ojos. Primero los aparta del exterior y, aunque pueda parecer lo contrario, se los arranca por el simple placer masoquista de evitar dirigirlos hacia afuera. Es su primer acto de fe. Seguidamente se afana escrupulosamente en sacrificarlos una segunda vez volviéndolos hacia su interior. Tras los dos despiadados autolesionantes crímenes previos su consecutivo y tercer sacrificio estriba en que acaba de machacar sus ojos pintando, hasta que no le queda una única salada gota en su lagrimal y comienza a secarse y a amarillear su nuclear globo cristalino y su ablandada córnea. Pero este triple sacrificio no ha sido en vano. Si de verdad ha cometido ese triple ofrecimiento su trabajo no vagará en la nada, no quedará sepultado. Habrá servido con toda seguridad para hacer renacer su propia mirada, que vuelve a aparecer más clara aunque aún más divinamente errónea que antes. Cada vez que siga devorando sus ojos en este triple acto, se acercará un poco al centro mismo del error y una vez ante él, tras darle un fuerte puntapié, verá claramente el largo camino que le queda por recorrer hacia una claridad que puede ahora atisbar, vagamente y muy a lo lejos. Además, este autosacrificio triple de la mirada del pintor servirá para los demás, que, teniendo ojos como él, podrán ver un poco mejor que antes, sin necesidad de que ellos sacrifiquen su mirada más que una sola vez. Verán mejor tanto su exterior como su interior a condición de que se dejen sus ojos en la pintura que se les ofrece. La imagen pictórica es, de este modo, un cúmulo de actos y sacrificios, de errores y de alma. Este alma se la da, como ya he señalado, la mano, la cual es por naturaleza errónea. Mientras que el ojo del pintor se dirige hacia esa claridad, atrás suyo sigue, en la misma posición en que se encontraba sin haberse movido lo más mínimo, la Historia del Arte, dirigiendo su mirada en sentido contrario.

La imagen pictórica es, de este modo, un cúmulo de actos y sacrificios, de errores y de alma.

Dejemos por tanto actuar a la máquina con su perfecto ojo inocente para después, con ayuda de imprecisas manos pero dotadas de alma, ir acumulando error tras error, ensayo tras ensayo, de modo que aquella primera acorazada mirada lanzada al exterior por la máquina vaya siendo, gracias al múltiple masoquismo del pintor, quebrada en pequeños pedazos de tradición que irán soldándose en un nuevo ámbito, en la pintura, favoreciendo así esa ósmosis necesaria entre lo que hay fuera y lo que hay dentro del hombre, de modo que le permita seguir ese sendero hacia el resplandeciente horizonte que llevará al caminante hacia algo que le supera, hacia su propia y desconocida alma, y también para volver a llamar la atención sobre la Historia del Arte, que, ¡aún sigue ahí, en su sitio! y avisarla para que avance a su vez ella un poco más, acompañándonos, pero sin dejar de mirar hacia atrás un sólo momento, sin dejar de vigilar contra los entrometidos y tumorales historicismos que amenazan con tenderle la fatídica trampa primero a ella, y luego de apropiarse de su sabiduría, acercarse al caminante para rodearlo de elucubraciones y ofrecerle la posibilidad, con traviesa sonrisa, de tomar atajos para llegar antes a su destino. O quizá aún, se atreva a mostrarle con mil y una tretas otros destinos mucho más inmediatos y de tentador final aunque carentes de luz, que le eviten sus obligados sacrificios de la mirada en aras de una edulcorada e impasible conformidad y autocomplacencia que le pondrán ante sí mismo sin mirada, sin manos, sin errores y sin alma.

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