Mi prerrogativa

Toda opinión que pueda ofrecerse a nivel personal es lícita, por ese mismo motivo me manifiesto. I AM A TEUR es lo que soy, es lo que aporto. Este es mi manifiesto y, sin embargo, no me compromete a nada. Es mi prerrogativa del privilegio y la estereotipia.

 Yo! es mi primer lema. Tentativa crucial que pasa por la felicidad autoinducida. Lo que soy es lo que hago. No quiero ni pretendo nada. El simple hecho de afirmar está dirigido a la autoafirmación. Aquí me preocupo solamente de todo excepto de los que no son yo. Sin embargo, por principio estoy constituido sin principios aunque todo me vale. No desprecio nada pero estoy contra la nada. Lo abstracto es el anti-yo. La nada ocupacional. Las reglas y la emoción corrigen a la abstracción. El sentido común tiene mucho que ver en todo esto, precisamente porque niega el sentido personal. Lo anula. Hasta el más insípido “no sé” es fenomenal. Yo escribo este manifiesto para poder decir NO SÉ sin ninguna preocupación. 

I-AM-A-TEUR va a suponer un cambio en nuestras vidas de plena importancia: nos debe permitir tener razón en todo lo que hagamos. Estamos por tanto en lo correcto. Tengo el sí en el acto. Cada am-a-teur es portador del conocimiento espasmódico que le embriaga y le obliga a avanzar. PLVS VLTRA es el movimiento que le guía.

Lo am-a-teur no significa nada nuevo. No es vanguardia. Es sobre todo tradición, pero paradójicamente se inscribe en la tradición por conocer, que, no obstante, es conocidapor los demás de antemano o, al menos, siempre por alguien. Como mínimo va un escalón por debajo. Está contra el copyright pero reclama alarmantemente el right to cop-i. La copia y la imitación me identifican con lo am-a-teur. El arte no puede ser sino únicamente cosa de am-a-teur-s. Poco serio, sí, pero adecuado. La propia realidad personal es la que debe imponerse al resto. El primer compromiso moral del am-a-teur  es estar en plena disposición. Debe ofrecer íntegramente su ultra individualidad sin menoscabo. El espectador se encuentra legitimado para darse cuenta de que él también es am-a-teur, y, por tanto, su propio protector, espejo reflexivo que le muestra cómo amarse a sí mismo. La caza de ideas como primera urgencia. Carnicería del yo. Chuletas de materia real para chupópteros de tuétanos. La falta de dominio me precede por imperativo. No para traducirse en un descontrol. Las moscas atontadas que se golpean contra el cristal continuamente sólo siguen su movimiento natural. El am-a-teur-mosca sobrevuela sobre su pequeña parcela de genio con natural inocencia. Los cristales que encuentra a su paso le endurecen la cocorota. Su tiempo no lo va perdiendo, más bien lo va aplazando en una inversión de fortaleza. Seleccionar, construir, integrar, limpiar y ensuciar, considerar y volver a limpiar todo, es lo que necesito en principio. El resto es cuestión de suciedad. Mi propio vuelo se apoderará del resto. Lo extraño me es próximo, y sólo es cuestión de tiempo. El crecimiento también. La obra de arte es crecimiento, a base de fracturas y soldaduras calcificadas. La obra de arte es crecimiento y yo como am-a-teur crezco en el arte mientras la obra crece de mí. La belleza en dicha obra no es demostrable, puede estar o no estar. Incluso puede estar y puede, a su vez, hallarse o no hallarse. Nadie lo podrá asegurar. El riesgo va empujándome. Si digo que mi misión es conocerme, caigo en un error infantil. Se trata de una diferencia sutil pero plena de sentido. La misión verdadera es… (nótese cierta tensión y redoble de tamborrrrrr) o-f-r-e-c-e-r-s-e.

-¿Cómo que ofrecerse?

-Sí: uno tiene que dedicarse a sí mismo para renunciar automáticamente a su yo. -Pero así, ¿qué se consigue?

-Yo contestaré, amigo mío: se consiguen OFERTAS, y ya se sabe, las ofertas, del tipo que sean y más aún si son buenas, no deben despreciarse.

El dinero: mi yo-am-a-teur me impide tender la mano y rogar limosnas. Nada de piedad. Si no le pido nada a nadie tampoco tienen derecho a exigirme nada, ni cuento con el derecho de obligar a nadie a nada y, menos aún, a tratar de convencerles de nada. Recordad, la nada es la abstracción. Toda elección es anti-nada. La nada: billetes des-dibujados y monedas aplastadas por el paso del tren sobre ellas, colocadas en los raíles del paralelismo por niños huérfanos. No confío porque no sé abstraerme. Sí, en cambio, soy capaz de delirar para seguir preso de mi libertad.

Lo am-a-teur no significa nada nuevo. No es vanguardia

Este manifiesto huele poco a revolución. Por el contrario se regocija en el gozoso fango que produce la mediocridad. El fato que se desprende de todo esto es de embriaguez estática. La maldición me oprime los dedos cuando mi mano trata de trabajar. Por ello he aprendido a acariciar con puñetazos. Pero permanezco estático esperando un mínimo momento extático. Sin embargo, mi sangre y mi carne son dulzonas aunque no se detienen un solo instante. Se revuelven sin cesar. La falta de calidad es algo propio de la sangre y de la carne. Pero más aún lo es de la mano. El mínimo temblor denota falta de calidad. Quién puede buscar fría calidad? La sangre que recorre mis venas es caliente. Su calidez me priva de la calidad. Nuestra casa, nuestro hogar son portadores de nuestra cálida síntesis. El mismísimo Vermeer hizo gozosa esa calidez a nuestros ojos. Él mismo gozó enormemente en su yo-am-a-teur. Es necesario recordar aquí que todos los días asistimos a una nueva revolución. La tierra bajo nuestros pies cambia y se renueva continuamente. Es conveniente para el am-a-teur intentar la contra-revolución. Tratar de frenar el proceso terrestre con los medios a su alcance. Pero cuidado! La tierra en sus profundidades abrasa!

Toda afición es religión. Am-a-teur de algo equivale a poseer fe. El am-a-teur es el primer creyente de todos los feligreses. Plenamente motivado es un inspirado al que nada le detiene. Sus actos están revestidos de certeza. Pero todo cuanto hace es inútil. No le vale a nadie salvo a él mismo. Su subjetividad se objetiva para permanecer en el más absoluto anonimato. Anonimato y mediocridad son sus escudos. Le protegen de los brillantes demonios que tratan de arrebatarle su virginal manzana cerebral para ser ofrecida con lindos exvotos a los pioneros del paraíso que no dudarán en roer sus cúmulos personales. No tiene el am-a-teur, pertenencias ni posesiones, todo lo da. En cambio es ultra egoísta. Todo para él. Y aún así, es poco. Siempre necesita más aunque no aspire a lo mejor. De hecho huye de lo mejor. En su individualismo no cabe nadie más, por tanto es absurda toda comparación. Él es el mejor por principio. Es un monstruo que inspira pavor. Su sola presencia intimida, aunque su ingenuidad e inocencia superan el infantilismo franquensteiniano.

En lo normal encuentro mi justa medida. Un poco más o un poco menos es excesivo. Lo importante ya no me importa. No lo busco. Me centro únicamente en cúmulos situacionales. Si es domingo me puedo poner para salir, la ropa de los domingos, pero también podría ponerme ropa de sport. Lo que sé es que mi situación es dominical y mi olvidadiza memoria me ofrece múltiples opciones de elección. Lo que pueda hacer este domingo será lo que importe por más que la decisión tomada sea un mero acto hedonista, incluso onanista. Si toda mi actividad como am-a-teur posee la misma intensidad e indolencia propias de un santo, llegará un momento en que otra persona, quizá muy inteligente, pueda decir que algo que yo haya hecho es de vital importancia. Si eso ocurriera, mi indulgencia permanecería intacta y esa opinión importaría un pepino. Mi ingenua curiosidad, no exenta de cierta malicia, me impediría parar. No me permito el error, me lo autoimpongo. Mi propia salvación pasa por desistir de tener razón. En el error me revuelco aunque en un momento dado todo puede cambiar. La información debe ser degradada hasta la médula y expresada, entonces, en tono franco. Lo banal es lo más exacto. Todo lo que hago o pueda hacer, lo puede hacer cualquiera. Me centro en lo ordinario y adopto la posición fetal para permanecer inmóvil en ese paraíso de lo mediocre por el que todos hemos pasado, salvo los que sean de tubo de cristal o fruto de la ciencia positiva, y que es el cavernoso y resbaladizo útero materno.

Predicar lo fácil es ponerse del lado de la situación excepcional. Claro está que deben abrirse los ojos y escupir de vez en cuando, si la baba se reseca. Este continuo quehacer en lo común es simulador de la suprema satisfacción que recibe el am-a-teur: el regocijo de saberse lejos de la vanguardia. Esa es su continua renuncia. La tendencia no es a la retaguardia como la de ciertos cobardicas, sino que explosiona en la tremenda lucha interna, central, del modo más encarnizado de que es capaz un pajarito de alimentar a sus polluelos: atrapa el gusano con sumo cuidado y lo introduce crudo en sus hambrientas gargantas para la regurgitación saciadora. Los polluelos del am-a-teur son sus elecciones. Convicciones anidadas. Fanático incorruptible va esparciendo su virus de ignorancia, acarreando constipados intuitivos que aportan abundancia de mocos de conocimiento, de esos que se pegan bien en las superficies. Su base para el entendimiento: el arte. Ya lo venimos diciendo. El arte en el yo-am-a-teur no es como el nuestro común: comprensible y asimilable. El suyo, el mío, no son importantes. Los yo-am-a-teur-s aman el arte que excluye a los demás. I-am-a-teur, y el arte es para mí mismo! Proclama central de nuestra fuerza bruta. Mi movimiento rutinario transcurre a saltos, de flor en flor, de punta a punta… Según toque. El colmo de mi felicidad es un trozo de pintura imperfecta tirando a torpe. La contención bien puede dar paso a una póstuma explosión, pero mi yo-am-a-teur consciente del fin, la reprime y frustra de un modo grandilocuente. Hasta ahí llega mi pasión. Mística de la parsimonia y la armonía congénita.

Nuestra fiebre interna eclosiona y nos impele a actuar. A nivel externo se traduce por la inquietud desmoralizadora que permite que no tengamos quién nos enseñe. No necesitamos profesor. La didáctica de la corrección es algo que no nos preocupa. Sabemos muy bien adónde queremos llegar y no dudaremos en emprender cualquier camino o emplear el método que sea para lograr nuestro fin: la copia. La más plagiadora y fehaciente forma de que seamos capaces en nuestro am-a-teur-ismo, o al menos lo más parecida posible. Lo original pudo ser vanguardia, pero lo que está claro es que ya es historia. Puntapié a la punta picuda de la vanguardia hasta que esté roma, fofa y decrépita. Nuestra copia macrobiótica empieza a contagiar. El virus del anonimato provoca en los demás enfermedades de felicidad ultra individual a fin de traicionar la hermafrodita autofornicación del arte de los entendidos.

La moral es ese arma mortífera que nos protege de las flechas lloronas lanzadas a traición por vagos y perezosos yo-no-entiendo-de-eso-s. Se acabaron las vacaciones! Es el regreso, aunque no hay una receta asegurada encontramos que lo ideal sea hacer por hacer. Al final lo hecho encuentra su propia vía. Nos hacen falta obras delgadas u obesas, ancianas o jóvenes, pero en las que no pase nada, que no lleguen a sobrecoger nuestras tripas, ya revueltas de entrada a la vista de la ley en vigor. Si reconsiderásemos la ley, la pena de muerte no sería un ultimátum, sería un acto gratuito en defensa de la tragedia de no ser excepcional.

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